Entre el suicidio cotidiano como resignación o la urgencia de revisar nuestras relaciones amatorias

El derecho de vivir en paz (*), es la frase con la que quiero iniciar mi participación en esta mesa, es la primera exigencia que deseo soplarle al poder y a todos sus tentáculos, y así, no aceptar más ser un número dentro de tanta estadística, un daño colateral que se lamenta, una víctima que se llora, enemigos de otros que desde la mirada situada ya destruye y en el paso cotidiano: critica, censura, arrebata, defrauda. Quiero, queremos vivir en paz, pero no desde los sepulcros y el silencio, sino desde el canto y una disidencia que escandalice, que provoque estruendos, que abra desde mi/nuestro cuerpo y todos sus pliegues, desde los suaves hasta los callosos una trinchera que se pretenda vivir como distinta. CONTINUAR CON EL TEXTO -->>